X, mi amiga Hetero

Hoy, que he visto pasar la vida delante de mis ojos a causa de una sardina maldita que se me ha cruzado en la campanilla, he recordado así de pronto una relación que tuve, cuando años ha, yo era un ser inocente y cándido. Si entendemos como relación el desencuentro fortuito de dos almas no gemelas y en absoluto, preparadas para afrontar una salida del armario como no está escrito. Si entendemos por relación, el largo camino que recorrimos cogidas de la mano hasta que fue imposible que pudiésemos mirarnos a la cara. Bueno, más bien me resulta a mi imposible mirarla a la cara y no por los desencuentros, que también, sino por la cantidad de veces que sentí que su compromiso hacia el futuro no era el mismo que el mío. Por las veces que me sentí como un juguete entre sus manos y por la vez que me tiro en una esquina cuando ya se había aburrido.

Hubiera soportado que eso sucediese cualquier día pero, justo el día en el que más lo necesitaba no. Justo el día en el que todo lo que yo tenía que hacer era ir a un funeral, no. Ese día necesitaba que viniera y estuviera a mi lado. Ese día la esperé sentada en la escaleras del velatorio sabiendo que no iba a aparecer. Siendo plenamente consciente de que lo suyo había sido y era, la traición a quemarropa. Así es la vida, casi siempre supera a la ficción.

Mi amiga, llamemosla X, era Hetero. Una Hetero convencida cien por cien de que no habría vagina en este mundo capaz de hacer que se planteara ni por un instante, inclinar la balanza de su cuerpo hacia una cama de continente y contenido lésbico. Era tan hetero que nos resultaba bastante complicado mantener un recuento exacto de los encuentros sexuales que mantenía con todo hijo de vecino que le despertara el más mínimo atisbo de deseo. Un día de pronto cambió. Cambió todo, la forma en que me miraba, la forma en la que me abrazaba, la forma en la que nos comunicábamos. Siempre estaban sus miradas pero, sobre todo, estaban sus abrazos. Esos abrazos largos en los que deslizaba su mano por mi espalda, en los que metía su fría nariz en mi cuello. Abrazos de los que se ha escrito mucho. Abrazos de un amante no confeso. Abrazos como los que nos dan los presos que están a punto de ser ajusticiados. Abrazos que no están rotos pero, a los que le queda muy poquito para estarlo. Abrazos que dicen todo lo que una calla. Que esconden verdades como un templo, que hacen que te replantees si te apetece volver a abrazar a nadie más.

Abrazos que se presentan como gestos de cariño pero, en realidad, son misivas de una guerra que está a punto de estallar.

Me acuerdo bien de esa tarde. El momento exacto, como si hubiera quedado filmado en mi cabeza a cámara lenta. Ella me preguntó si me gustaban las mujeres y yo le confesé que me había enamorado de una compañera de trabajo, que no podía seguir ocultando lo que sentía, que necesitaba su apoyo para continuar adelante. Al principio abrió los ojos como platos, después se recompuso por dentro y al fin se limitó a decirme; en el perfecto papel de psicóloga que tomaba cuando le interesaba establecer una relación desigual de poder con los demás y asegurarse de que podía pisarte el cuello; que ya lo sabía desde hacía tiempo y que no pasaba nada, que estaría a mi lado siempre. Siempre.

Luego me abrazó, paso su mano por mi espalda, su nariz en mi cuello. Más cartas que van dirigidas al enemigo. Mas miradas rotas, o abrazos, o intentos de gesto de consuelo, o de contención, o de vergüenza, frente a un deseo que se proyectaba en sus pupilas sin que pudiese hacer nada para evitarlo.

Pasaron las semanas. No parecía que nada hubiera cambiado en la superficie pero, en el fondo de aquel lago tan raro que era nuestra amistad, nos había aparecido un remolino peligroso y juguetón que iba engulléndolo todo y que amenazaba, por más que nos empeñáramos en lo contrario, con destruir todo lo que había a su alcance. Ves un barco hundirse en el horizonte y piensas que tu velero está fuera de peligro, que eso nunca te sucederá a ti. Piensas que tu tripulación es fiel, que después de llevar tantos años navegando juntos, lo menos que harían por ti es dejarse cortar la mano derecha. Crees que todo el mundo tiene tu escala de valores. Tú los has elegido. Están en tu barco porque tú has decidido que te acompañen en el viaje, porque confías en ellos, porque piensas que no van a mentirte, que no van a abandonarte, que van a estar a tu lado cuando lo necesites pero, lamentablemente, a veces exigimos demasiado de las personas que nos rodean y somos incapaces de ver, que tal vez, donde les estemos situando no es donde les corresponde.

Estaba ciega. Yo seguía a lo mío, presa de una amor platónico que no me dejaba ni respirar con tranquilidad, mientras ella iba danzando a mi alrededor y trazando un objetivo plan. Había que probar también aquello. Había que abrirlo en canal si era preciso y meter la lengua hasta adentro, para saborear incluso la última gota de lo prohibido. No tenía suficiente con las relaciones de riesgo que mantenía, el coqueteo con las drogas, la mentira constante que era en general su vida, había otra tentación más a su alcance que tenía nombre y apellidos, que llevaba ni nombre y mis apellidos, que era vulnerable y accesible y con la que, definitivamente, podía saciar sus ansias de experimentar todo lo que se cruzara en su camino. No fui consciente de lo que estaba pasando hasta que su lengua no estuvo dentro de mi boca. No fui consciente de que sus manos recorrían mi cuerpo hasta que alguien empujó la puerta y nos vio enredadas la una en la otra. No supe que era lo que estaba pasando hasta que no abrí los ojos en aquel baño húmedo, sucio y maloliente y vi que la luz de sus ojos verdes había cambiado para siempre. Sentí un dolor, como una puñalada dentro y después la certeza, la total y absoluta certeza, de que me había equivocado.

Después de aquello nada volvió a ser lo mismo. Ella quería seguir su vida como si no hubiera sucedido nada. Yo también. El caso es que no pudimos. Hubo una cosa sencilla que había roto lo que había entre nosotras, que fue la mentira, la violenta sensación de que habíamos hecho un mal cambio. Amistad por deseo, por traición, por interés, por un cúmulo inagotable de malos encuentros. De futuros rotos. De citas a las que no se acude por miedo a no dar la talla. De funerales a los que no te presentas. De duelos a los que es mejor no asistir sino puedes deslizar una mano, lentamente por la espalda.

Hace poco, cuando afirmé que había sido el peor polvo de mi vida, alguien me preguntó si de verdad era necesario recordarlo así, o plantearlo así. Creo que la respuesta que di tenía más que ver con el hecho de haberme sentido traicionada que con el encuentro sexual en sí.

Mónica Martín

 

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Respuestas a esta discusión

Gianny, es de tu autoría esto? muy bueno.

No dexx, es de Mónica Martín. Hasta el final viene su nombre.

Leí la historia y me gusto mucho ya que por lo general de las personas que una se enamora son las mejores amigas, pero no siempre funciona como en las historias de las tele....

muy bueno!!!!

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